Escenorama Tale of War - Miniaturas Sphere Wars Infinity

Transfondo de Rakio

28-septiembre-2009

Paterzeo, del staff de Zenit Miniaturas, nos ofrece desde el foro de Zenit el transfondo de una de las ultimas novedades para el juego Nemesis, Rakio, del ejercito de los No Vivos.

Rakkio I “el Enclenque”

Rakkio el Enclenque, Rakkio el Maldito. Rakkio, el traidor. Mucos han sido los nombres que se le ha dado a este hombre. Desde su trono en el reino de Tadaba, ha ordenado ya cuatro diezmos de vida, el sacrificio ritual de uno de cada diez habitantes del reino. Los criminales no son enviados a los calabozos, sino a las salas negras que hay bajo el castillo del rey, de donde nunca vuelve a salir nadie. Fue el creador de los libros de Necros, trampas mágicas mortales que son el verdadero origen de los seres conocidos como “Lomos de Libro”.

Hay muchos reyes en Míter. La mayoría de ellos son reyezuelos que han sido conquistados por otro reino y han jurado pleitesía a otro rey. Pero aún y así son reyes. Muchos han conspirado, maquinado e incluso asesinado por el poder de un rey. Aunque fuera el poder de un reyezuelo de un reinado pequeño. Las coronas hacen cosas extrañas en la mente de los hombres.
Sin embargo nada de lo que haya hecho jamás ningún rey se puede comparar a los horrendo crímenes perpetrados por el rey Rakkio I, el Enclenque.

El reino de Tadaba es pequeño. Muy pequeño si se compara con los reinos vecinos cómo el Reino de Dios y Taleb. Originalmente era una provincia de Taleb, pero se independizó durante la guerra santa perpretada por el Reino de Dios hace doscientos años. Desde entonces el rey de Tadaba ha sido siempre vasallo de la Reina de Plata rindiendo pleitesía y pagando tributo cada año al Reino de Dios y a la Iglesia del Único.

Hará unos cien años Tadaba estaba en paz. Se enriquecía con el comercio de la madera de sus bosques montañosos y de la lana de las ovejas. Era un reino sin opulencia, pero rico en materias primas. Además de ser un paso comercial para las caravanas que realizaban la ruta entre Tadaba y el Reino de Dios. Por aquel entonces reinaba Radsio III. Un rey vigoroso más preocupado por la cacería y los torneos a espada que por el gobierno y la justicia. Esas tareas las delegaba en su reina consorte: la reina Mieth.

La reina Mieth, al contrario que el rey, era de porte tranquilo y contemplativo. Pasaba horas estudiando las leyes de Tadaba y los tratados con el Reino de Dios y Taleb. También realizaba tras las cortinas las tareas administrativas del reino y también era su representante diplomático.

La reina Mieth dió un hijo a Radsio, el pequeño Rakkio. Rakkio nació débil y enfermizo. Rakkio creció a la sombra del desprecio de su padre. El rey Radsio consideraba un deshonor, casi un insulto, la debilidad de su hijo. Incapaz de montar, manejar un arma o siquiera de una caminata larga por la montaña, Rakkio apenas salía de sus aposentos.

Pero contra el desprecio del rey Radsio, Rakkio encontró el amor de su madre. La reina Mieth alentó la brillante mente de Rakkio. Los representantes del Reino de Dios obsequiaban a Mieth con libros de poesía, filosofía y religión, mientras que los representantes de Taleb aportaban escritos sobre magia, matemáticas, alquimia, medicina y astromancia. Y todos esos libros acababan, de un modo u otro, en los aposentos de Rakkio.

Cuando Rakkio tenía 12 años sabía más que la mayoría de hombres en edad adulta. Sin embargo siempre sufrió las burlas de su padre y de aquellos que le eran afines. Incluso los pajes del castillo, jovenes de su edad, lo llamaban “el enclenque”. Sin poder evitarlo Rakkio sentía cómo el resentimiento y la amargura crecían en su interior. Sin embargo intentó apartar de sí esos sentimientos por petición de su madre. Puesto que algún día Rakkio sería rey, y no podía odiar y despreciar a su propio pueblo.

Los años pasaron y la mente de Rakkio crecía junto a su debilidad. El cuerpo de Rakkio creció, pero al parecer sólo crecieron sus huesoso. Se volvió de una palidez casi enfermiza, y sus cuerpo era delgado hasta lo imposible. Rakkio se agotaba con el más mínimo esfuerzo. Y con la debilidad de Rakkio creció también el desprecio del rey.

Fue por aquel entonces cuando llegó la Plaga. Llegó desde el Reino de Dios y asoló Tadaba sin compasión. Más de la mitad de la población murió a causa de la enfermedad, y otro tercio lo hizo a causa de las misiones de saneo del rey y por los disturbios que ocasionó tal decisión.
Y también se llevó a la reina Mieth.

Fue un duro golpe tanto para Rakkio como para su padre. El dolor hizo a Radsio un ser arisco y cruel. Culpaba irracioalmente a Rakkio de la muerte de su madre, diciéndole que la Plaga le tendría que haber llevado a él, débil y enfermizo Rakkio, y no a su madre. También desapareció el poco respeto que tenía Radsio por los conocimientos de Rakkio. Ningún conocimiento de medicina, magia o cualquier otra tontería escrita en libros de otros reinos salvó a Mieth.

El joven Rakkio creció bajo el desprecio creciente de su padre. Y este desprecio se extendió como un cáncer por el castillo. Sólo unos pocos allegados a la difunta reina se cuidaban de que Rakkio fuera debidamente atendido.

Cuando Rakkio cumplió los veintidós años de edad, fue traicionado. El rey se presentó ante la corte con un joven apuesto y fuerte al que nadie conocía. Y fue así, ante todos los nobles y en las festividades del Único, que Radsio III repudió al príncipe Rakkio, reconoció a Radsón cómo su hijo bastardo y lo nombró heredero de Tadaba para gloria del Único.

Nadie se opuso. Los nobles aplaudieron y los vasallos vitorearon al nuevo príncipe regente. El Obispo Edda lo bendijo y rezó una oracíon en su honor.

Rakkio sufrió mucho con aquella humillación. Pero no fue hasta que los ojos triunfantes del rey Radsio se posaron sobre los de Rakkio. No fue hasta que el despechado príncipe vio cómo su padre palmeaba afablemente el hombre de su nuevo hijo y sonreía contento a todos los presentes que algo se rompió en el interior de Rakkio.

Rakkio fue a sus aposentos a toda la velocidad que su maltrecho cuerpo le permitió. Aguantaba las lágrimas por pura fuerza de voluntad. La voluntad de, al menos, negarle aquella victoria a su padre. Ya en sus aposentos dejó que toda la rabia, la tristeza y el dolor afloraran. Las lágrimas acudieron a su rostro y sus puños golpearon la madera de su escritorio hasta que sus puños sangraron.

Tras un largo tiempo Rakkio se calmó. Su rostro enterrado en sus manos se alzó, y su mirada era terrible. Con movimientos lentos y pausados abrió una portezuela en su escritorio revelando varios volúmenes maltrechos por su continuado uso. Rakkio los sacó sin miramientos y los lanzó detrás suyo. Introdujo la mano en el escritorio y con la habilidad que da la práctica abrió un falso fondo. Y de allí sacó un pequeño libreto de color negro azabache.

Aquel libreto lo trajo Rabban’ad’nassan, uno de los enviados de Taleb. Lo trajo tras la muerte de su madre y se lo entregó a Rakkio. Rabban’ad’nassan dijo a Rakkio que ya era un hombre sabio, pero que era un hombre sabio a medias. Conocía la luz del mundo, pero no conocía su oscuridad y le dió el libreto, una obra de un sabio loco. Le indicó a Rakkio que aquella magia negra era muy real, pero que necesitaba conocerla para impedirla en su reino. Por que al fin y al cabo algún día sería el rey y tenía que defender a su pueblo de cosas como las que había en el libro.

Y Rakkio escondió el libreto y lo leyó en sus aposentos sin que nadie supiera de su existencia. No quería enfrentarse al obispo. Leyó los desvaríos del loco anónimo que había escrito aquel libreto. Hablaba de un mundo que no era ni terrenal, ni celestial, ni infernal. Era un mundo vacío y hueco. Un mundo que la muerte no había mancillado por que no había nada vivo en él, un yermo que de tener luz, sería oscuro y terrible. Hablaba de los imposibles seres que lo habitaban, ni vivos ni muertos. Hablaba de cómo habían contactado con él intentando entender la vida y la muerte. Y hablaba de las atrocidades que había cometido, los asesinatos, las torturas, para saciar las voces de otro mundo que le llegaban.

En la soledad de su cuarto y con la rabia pulsando en sus sienes, Rakkio abrió el libro una vez más. Pasó las páginas febrilmente hasta encontrar la que buscaba, y leyó atentamente. Las palabras brillaron en su mente con una luz abrasadora.

Sin pensarlo tiró despreocupadamente el libro y desenfundó el cuchillo de su cinturón. Y con los brazos abiertos y mirando más allá del techo de sus aposentos, Rakkio cantó. Era un cántico extraño y evocador. Un cántico en una lengua extraña que nadie vivo en la faz de Míter podía entender, pues murieron hace mucho. Mientras cantaba Rakkio se abrió a si mismo amblios cortes en brazos y piernas, dejando manar la poca sangre que tenía su cuerpo. Pero no vaciló en su cántico. Despues se cortó el rostro hasta que fue prácticamente irreconocible, y finalmente, cuando el cántico llegaba a su climax apuntó el puñal a su pecho. Y con las últimas palabras del cántico oscuro lo hundió.

Rakkio cayó al suelo en un charco de su propia sangre. Había terminado el ritual. En el libro el ritual se realizaba con una víctima que era sacrificada a los seres del mundo sin luz ni oscuridad. Pero Rakkio no tenía más víctima que a sí mismo. Y si no funcionaba… le daba lo mismo.

Su sangre manó del pecho lentamente y sin prisas, llevandose la poca vida que le quedaba. Rakkio notó que el dolor desaparecía y entraba en una fria calma, y sus conocimientos de medicina le indicaron que era a causa del desangramiento. Estaba a punto de morir. La cabeza de le adormilaba y se le nublaba la visión. No parecía que fuera a funcionar. Rakkio cerró los ojos y se dejó invadir por la oscuridad.

Pero entonces llegaron. No era un susurro, ni una voz. Eran pensamientos sin palabras que aparecían en su mente. Y no eran sus pensamientos, sino los de otro. Eran pensamientos extraños y retorcidos. La presencia en su mente miró y rebuscó. Finalmente se dibujó un concepto claro para Rakkio en su alterado estado: “Sí”.

Unas horas más tarde, las festividades al Único aún continuaban. El banquete aún bullía de alegría y celebración por el nuevo principe regente. Unos estaban alegres, pues creían que Rakkio no era el adecuado para. Otros no estaban realmente alegres, pero una vida en la corte les había hecho aprender a navegar hacia donde sopla el viento. Tanto unos como otros reían, brindaban y lanzaban vítores buscando la aprobación del rey.

En todo ese bullicio nadie se dió cuenta al principio de la presencia de Rakkio en umbral de la entrada al salón de fiestas. El primero que se dió cuenta fue un joven criado, uno de los pajes que se burlaba de Rakkio cuando eran pequeños y que ahora era el encargado de escanciar el vino a los comensales. El criado vió a Rakkio entre las sombras y notó algo extraño en él. Algo no encabaja. Algo estaba realmente mal en el principe.

Rakkio estaba erguido. No permanecía cabizbajo como era habitual. Estaba erguido y un aura de amenaza emanaba él. Rakkio dió un paso adelante, saliendo de las sombras. El criado ahogó una exclamación y la botella de vino se le escapó de las manos. Rakkio tenía la cara amoratada y llena de cortes aún sangrantes, toda su ropa estaba oscurecida por su propia sangre y aún tenía la herida abierta en el pecho.

El criado dió un paso atrás y chocó con otro escanciador, que se giró y también vio a Rakkio. Poco a poco, el salón entero se fue percatando de la presencia del príncipe. Los comensales callaban, preguntándose que estaba mirando todo el mundo, y miraban también. No fue hasta que toda la sala había enmudecido por la sorpresa que Rakkio no comenzó a andar.

El mismo rey estaba sorprendido. Y nadie habría sabido decir que era lo que más le sorprendía: las heridas y la sangre en su pacifico hijo, o el porte energico y fuerte que tenía el frágil cuerpo de Rakkio al andar. Nadie se movió de su sitio ni habló.

Nadie excepto Radsio. Radsio vio al príncipe y de bajó de un salto de su asiento al lado del trono al ver las heridas de Rakkio. Llamó a gritos a un sanador y maldijo a todos por quedarse quietos. Ante la mirada indiferente de Rakkio le interrogó acerca de las heridas y quién se las había causado. Le dijo que ahora era su hermano y que los hermanos cuidaban unos de otros.

Y ante esta afirmación Rakkio rió. Era una risa profunda y fuerte. Nada que ver con la risa tímida y susurrante que Rakkio tenía hacía apenas unas horas. Aquel no parecía Rakkio. Para asombro de todos Rakkio agarró a Radsio del cuello y lo alzó en vilo. “Yo cuidaré de tí… Hermano”, le dijo a Radsio antes de lanzarlo como a un muñeco de trapo al otro lado del salón.

Ante este portento el miedo por fin atenazó a los presentes que se apresuraron a salir de salón. El pánico se extendió como el fuego y todos intentaron salir a la vez. Pero por desgracia fuera del salón les esperaban cosas más aterradoras que el nuevo principe Rakkio.

Y mientras todos los comensales se precipitaban a su muerte, Rakkio avanzó hacia su padre. Paladeó el poder y la fuerza que sus nuevos aliados le habían dado. Saboreó el sabor del miedo que provocaba a su alrededor. Disfrutó de ver a su padre retroceder ante él con el miedo y la incertidumbre en los ojos.

Rakkio por fin alcanzó a su padre y con una sonrisa en los labios, se dispuso a heredar el reino. Larga vida al rey Rakkio I, “el enclenque”.

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